Una noche que puede ser buena

Una noche que puede ser buena

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de san Juan de Cuyo y secretario general del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM)

 

Solemos darle a las celebraciones navideñas un tinte familiar. Incluso he conocido gente de otras confesiones religiosas o no creyentes que se reúnen en familia a compartir la cena el 24 de diciembre y brindan puntualmente con las 12 campanadas.

Pero no quisiera idealizar el momento. Reconozcamos, a su vez, que en algunas ocasiones “las Fiestas” son motivo de discusión. No siempre se resuelve de modo pacífico si vamos a tal o cual casa, con tu familia o con la mía. En otros hogares la decisión ya está instalada como por una especie de acuerdo tácito.

En esta Nochebuena, en tu casa o en la de tus vecinos, es probable que haya “ausencias” que se hagan sentir. Tal vez un viaje de trabajo. Quizás hayamos sido visitados por la muerte. La pobreza creciente, la violencia, las injusticias, oprimen el ánimo en muchas familias. En la noche del 24 también hay gente en los hospitales, las cárceles, los puestos de trabajo. Hagamos un momento de oración por ellos.

La Pandemia que aún estamos atravesando no puede esconderse u ocultarse. Son tiempos de incertidumbre, miedo, desconfianza.

En la primera Nochebuena de la historia no todo al principio fue “bueno”. También encerró un misterio de tristeza porque el amor no había sido acogido; daría la sensación de que la vida era descartada; que no hubo miramientos para una mujer en trabajo de parto que no conseguía lugar donde tener a su hijo. Así sucedió cuando a José y a María les cerraron las puertas de la posada y tuvieron que poner al Niño en un pesebre. Jesús nace rechazado por algunos y con la indiferencia de la mayoría. Así también puede suceder en esta Nochebuena cuando nos ponemos como protagonistas a nosotros y no a Él; cuando las luces arrinconan el esplendor de Dios; cuando permanecemos insensibles ante quien está marginado. El Papa Francisco decía que “esta mundanidad ha secuestrado la Navidad. ¡Es necesario liberarla!”.

Para muchos, esta Nochebuena tendrá poco o nada de “buena” porque corre el riesgo de que la nostalgia, la tristeza de las ausencias o la indiferencia corran del centro de atención la esperanza que nos trae el nacimiento del Salvador. Por eso te invito a que en un momento de reflexión, en estos días, traigas a tu mente y a tu corazón el recuerdo de aquellos para quienes no será Nochebuena: como te decía más arriba, del que está en el hospital; del que vive en situación de calle; del que está privado de su libertad; del que está lejos o del que está solo; de aquellos que no van a tener con qué celebrar, y de muchos otros tantos que no encuentran motivos para festejar.

A ese dejo de tristeza, se le debe añadir un grito de esperanza. Porque la Navidad es también misterio de esperanza. Porque, a pesar de muchas oscuridades, la luz de Dios rompe las tinieblas; porque un Dios enamorado del hombre se hace uno de nosotros y nos abraza con su ternura. Dios viene a nuestra vida para darnos de su vida. Volviendo a poner a Dios como centro y motivo de esta fiesta, renace en nuestros corazones la alegría que viene de la esperanza. Entonces, sí será Nochebuena en tu vida y en la de tu familia, como lo fue al final de la historia de la primera Nochebuena.

Un lugar especial ocupan los niños en estas celebraciones. Ayudemos al desarrollo de su fe haciendo con ellos una oración junto al pesebre, invitándolos a que coloquen la imagen del Niño Dios junto a la de la Virgen y San José. Que su alegría esté ocasionada por Jesús pequeño. No olvidemos que festejamos su cumpleaños y a menudo corremos el riesgo de olvidarnos de Él. Como si fuéramos a una fiesta, comemos cosas ricas, disfrutamos de la torta y nos retiramos sin saludar al homenajeado.

En las reuniones familiares cuidemos los excesos en la comida y la bebida. Cuando pensemos el menú tengamos en cuenta la mesa de los pobres. En algunas comunidades se realizan campañas para servir a los más postergados. Hagamos llegar nuestra colaboración durante los días previos. Que el consumismo gastronómico o los regalos costosos no desplacen lo central de la celebración.

Nos recordaba el Papa que “María quiere parir un mundo nuevo, donde todos seamos hermanos, donde haya lugar para cada descartado de nuestras sociedades, donde resplandezcan la justicia y la paz”. (FT 278) Superemos la mirada intimista sin compromiso con el mundo. Vivamos una Navidad acogiendo a Jesús en los olvidados y descartados.