“Lo último que se pierde es la esperanza»

“Lo último que se pierde es la esperanza»

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

 

Muchas veces escuchamos decir esto, pero no es tan cierto. Conocemos gente que ha perdido la esperanza hace ya mucho tiempo. Las dificultades severas que les ha tocado enfrentar, las situaciones de soledad. También la pérdida del sentido y el sabor de la vida. En fin, golpes que van carcomiendo la esperanza.

Incluso me animo a decir que las crisis de fe comienzan por lo general con una crisis de esperanza.

Ella nos sostiene en el camino aun cuando atravesamos la noche más oscura y tenebrosa. “No desfallece ni siquiera ante el fracaso aparente” (Benedicto XVI) y sabe hacer memoria del origen del camino y levantar la mirada hacia el horizonte. La esperanza, podemos decir, que es una virtud histórica. Hunde sus raíces en la Pascua de Cristo, y se fija en el final que es la consumación de la alegría perfecta. Con la mirada cortoplacista no hay lugar para la esperanza. La ansiedad de querer todo ya y sin esfuerzo nos recorta los anhelos más profundos, que necesitan del tiempo y la perseverancia para poder ser experimentados.

Por eso Francisco en su mensaje de Cuaresma nos hace considerar a “la Esperanza como ‘agua viva’ que nos permite continuar nuestro camino”. Es la virtud de quienes se reconocen peregrinos, no de los instalados en la comodidad.

Nos dice también el Papa en su mensaje que “en el actual contexto de preocupación en el que vivimos y en el que todo parece frágil e incierto, hablar de esperanza podría parecer una provocación. El tiempo de Cuaresma está hecho para esperar, para volver a dirigir la mirada a la paciencia de Dios, que sigue cuidando de su Creación, mientras que nosotros a menudo la maltratamos (cf. Carta enc. Laudato si’, 32-33; 43-44)”.

Realmente alentar en la esperanza es ir contracorriente. A veces nos resulta más cómodo quedarnos saboreando la agridulce aflicción del límite de estar tirados por el piso, que animarnos a volver a emprender el camino, aun sin la certeza de alcanzar la meta.

Para fortalecer la esperanza hay cosas que es imprescindible desterrar y otras que es ineludible favorecer.

Abandonemos los gestos de amargura y las palabras de escepticismo quejoso que nunca abren horizontes. Animémonos mutuamente a soñar y construir un mundo nuevo que nos reclama como protagonistas.

La esperanza se comunica con la cercanía del “aquí estoy”. No se trata de proclamar discursos convincentes cargados de palabras.

Junto al lecho del enfermo solo y abandonado, tomarle la mano con  ternura expresa “aquí estoy”.

Ante quienes perdieron todo en el terremoto, acompañar y escuchar expresa “aquí estoy”.

Cuando el hambre se hace presente en los barrios, organizar un comedor o un merendero expresa “aquí estoy”.

Ojala lo digamos en plural: “aquí estamos. Aquí está la Iglesia, madre de consuelo y esperanza”.

San Pablo nos comunica una certeza: “La esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (Rm 5, 5).

Ayer, 13 de marzo, se cumplieron 8 años de la elección del Papa Francisco. Su cercanía con el dolor, su presencia en los conflictos lejos del confort nos alientan en el camino de conversión cuaresmal.

 

“El lunes 8 de marzo, durante una de las expresiones públicas en adhesión al Día Internacional de la Mujer, organizaciones de manifestantes circularon por las principales calles de la ciudad de San Juan llegando hasta el frente de la Iglesia Catedral San Juan Bautista. Un grupo atacó al personal policial, y arrojó pintura sobre las paredes exteriores del frente y sur del Templo, y en el atrio principal, por encima de la puerta de ingreso.”

Esto decíamos en el Comunicado que elaboramos en el Arzobispado. También reiteramos nuestra adhesión y apoyo a los legítimos reclamos por igualdad de oportunidades entre varones y mujeres, mayor justicia laboral, a la vez que rechazamos y aborrecemos las agresiones físicas, morales, verbales y de todo tipo hacia la mujer. Pero también, con firmeza, señalamos nuestro desacuerdo con cualquier expresión de violencia e intolerancia hacia personas, instituciones o grupos sociales. Las agresiones vandálicas a la Iglesia Catedral hacen visible un desprecio a la libertad religiosa y ofenden de manera directa a la feligresía católica que observa con tristeza este ataque a la Iglesia Madre.

“La Iglesia Catedral no solo pertenece a los católicos. Allí se han celebrado encuentros con organizaciones religiosas y sociales diversas, reafirmando el compromiso por la paz, en otras oportunidades compartiendo el dolor y también las alegrías del pueblo. Nuestro templo constituye, sin lugar a dudas, parte fundamental del patrimonio cultural de todos, y uno de los lugares de atracción de quienes vienen a la provincia en visita turística.”

Debemos agradecer a instituciones y comunidades que han manifestado su dolor frente a lo acontecido y nos hicieron llegar su cercanía y afecto. Entre ellas a la Mesa de Encuentro Interreligioso de la República Argentina (MEIRA), que nos hizo llegar su acompañamiento y repudio en nombre de todas las confesiones religiosas del país, así como la Mesa Interreligiosa de San Juan. Además, a título personal, amigos de otros países de diversas expresiones religiosas se hicieron presentes haciendo llegar su aliento en esta ríspida porción del camino.

“Reafirmamos nuestro compromiso con la cultura del diálogo y la amistad social. Seguimos con corazón abierto y mano tendida, porque estamos convencidos que todos somos hermanos y hermanas.”