La independencia que nos debemos

La independencia que nos debemos

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo (San Juan, Argentina) y secretario general del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM)

 

Celebramos un nuevo aniversario de la Independencia en medio de una situación crítica en lo económico, que es manifestación también de la debilidad institucional. El crecimiento de la pobreza e indigencia cubren de nubarrones el cielo patrio. Para muchas familias la angustia va ganando espacio, llegando a la desesperación.

La situación nos enfrenta con nuestras fragilidades. En los barrios pobres,  el hacinamiento agrava la precariedad de estas semanas y meses. Para muchos este escenario trajo la pérdida del trabajo y el desaliento para seguir buscando.

En cuanto a la dimensión existencial, la vivencia depende de cómo se encuentra cada uno, su entorno más cercano, la familia, los amigos, el barrio. Incluso la fe se pone a prueba y oscila del intimismo al escepticismo.

Para el Pueblo de Israel y para la fe cristiana la memoria de los acontecimientos pasados es fundamental para ubicarse en el presente. Los salmos, los profetas, los libros históricos y los sapienciales permanentemente acuden a incentivar la memoria del Pueblo. Así también sucede con la predicación de Jesús y los Apóstoles.

Caminamos en el mundo con memoria y profecía. Acudir al pasado nos pone en marcha desde este presente concreto hacia un sentido anunciado. “Dios es fiel” no es mera formulación abstracta o evasiva expresión de deseo sino experiencia personal y comunitaria. Es la fe del Pueblo de Dios que peregrina. Las comunidades parroquiales, educativas, movimientos, nos encontramos ante desafíos nuevos buscando respuestas creativas.

Ayer, sábado 9 de julio, hemos celebrado un nuevo aniversario de la Independencia. El Congreso reunido en Tucumán en 1816 fue el resultado de un proceso de maduración para completar y dar un sentido Federal a lo iniciado en mayo de 1810. Veintinueve diputados firmaron el Acta de la Independencia, dieciocho laicos y once sacerdotes. Entre ellos tuvo un rol destacado Fray Justo Santa María de Oro, diputado de San Juan, quien años después sería nuestro primer obispo diocesano.

Ellos querían una nación libre de cualquier poder extranjero. Sus sueños trascendían los límites de nuestro territorio para buscar la liberación de todo el Continente. En este camino los alentaron San Martín y Belgrano. Un anhelo que durante estos más de 200 años se ha cumplido de modo intermitente, quedando algunos lugares del Continente ausentes en la construcción de la Patria Grande.

Releyendo la Exhortación Apostólica Querida Amazonia, Francisco nos señala la presencia de algunas colonizaciones nuevas. Operan “actores económicos que implementan un modelo ajeno a nuestro territorio” (11). Con prepotencia, se apropian de espacios geográficos expulsando a quienes los habitan hace siglos. En estos atropellos se conjugan poderes locales y foráneos: “la disparidad de poder es enorme, los débiles no tienen recursos para defenderse, mientras que el ganador sigue llevándoselo todo” (13). Para lograrlo utilizan el soborno, títulos de propiedad fraudulentos, violencia.

Que estas situaciones se repitan no quiere decir que se naturalicen. “No es sano que nos habituemos al mal, no nos hace bien permitir que nos anestesien la conciencia social” (15). Es necesario indignarse y no aceptar la injusticia. 

En este contexto debemos recordar que la Iglesia está llamada a “escuchar el clamor de la tierra y de los pobres” (LS 49). 

La pandemia desnudó con dramatismo inusitado las graves inequidades entre países y dentro de cada uno de ellos. La Argentina no es excepción.

¿Cuál es la salida? Recordemos la insistencia del Papa en estos meses: “nadie se salva solo”. Dios nos hizo a todos de la misma tierra. Tenemos un origen común. La vida del Planeta es don de Dios. La salvación que nos obtuvo Cristo con su muerte y resurrección tiene un valor Universal que abarca a toda la creación. Como leemos en el Nuevo Testamento, “nosotros, de acuerdo con la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva donde habitará la justicia” (2 Pe 3, 13).

Desde nuestra fe cantamos “No es posible morirse de hambre en la patria bendita del pan”. Asumamos el compromiso que hace falta en esta hora.