Amar con todo el corazón, la mente, las fuerzas

Amar con todo el corazón, la mente, las fuerzas

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

 

Hay cosas que por más que sean sabidas y repetidas hasta el cansancio, nos cuestan asumirlas e incorporarlas a la vida cotidiana. La necesaria coherencia entre lo que pensamos, decimos y hacemos, es una de las cuestiones más reclamadas y apreciadas, pero qué difícil es encontrarla en abundancia.

Si una persona expresa “a mis padres los quiero mucho”, pero rara vez les llama por teléfono y poco los visita, ese dicho cae por tierra.

En el Mensaje para la Cuaresma Francisco nos dice que “la caridad, vivida tras las huellas de Cristo, mostrando atención y compasión por cada persona, es la expresión más alta de nuestra fe y nuestra esperanza”. Es lo que con tanta claridad enseña la carta de Santiago, de manera punzante “muéstrame, si puedes, tu fe sin las obras. Yo, en cambio, por medio de las obras, te demostraré mi fe” (St 2, 18).

Como afirmó Santa Teresa: “Obras son amores, y no buenas razones”. La caridad no es un sentimiento abstracto. Por eso una de las propuestas para este Tiempo de Cuaresma es atender a los pobres con el dinero ahorrado por nuestras penitencias cuaresmales. En esta dirección nos exhorta el Papa: “La caridad es don que da sentido a nuestra vida y gracias a este consideramos a quien se ve privado de lo necesario como un miembro de nuestra familia, amigo, hermano. Lo poco que tenemos, si lo compartimos con amor, no se acaba nunca, sino que se transforma en una reserva de vida y de felicidad. (…) Así sucede con nuestra limosna, ya sea grande o pequeña, si la damos con gozo y sencillez”.

El vínculo establecido con los demás no es relación calculadora y distante. “La caridad se alegra de ver que el otro crece. Por este motivo, sufre cuando el otro está angustiado: solo, enfermo, sin hogar, despreciado, en situación de necesidad… La caridad es el impulso del corazón que nos hace salir de nosotros mismos y que suscita el vínculo de la cooperación y de la comunión.” Sin salir de uno mismo es imposible la caridad. Es el cambio de una mentalidad cómoda y egoísta a ampliar la mirada y extender el corazón.

Miremos en torno nuestro. Familias aún durmiendo a la intemperie debido a las casas derrumbadas por el terremoto. Trabajadores que perdieron su sustento digno debido al desempleo. Ancianos que están sumergidos en soledad y angustia… Son de los nuestros.

Traigo a la memoria varias situaciones de dolor que me tocó acompañar. Entre ellas me conmueve la mamá ante su hijo enfermo o abatido; cómo quisiera ocupar el lugar del fruto de sus entrañas y viceversa. Este amor de madre es el tuvo y tiene Jesús por nosotros. El Evangelio de San Juan nos lo dice de este modo: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no muera, sino que tenga Vida eterna” (Jn 3, 16). Y durante el relato de la Última Cena nos dirá que “habiendo amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn 13, 1). Es la descripción del amor desbordante, sin medida, exagerado, hasta la locura.

Dentro de una semana comenzaremos la Semana Santa. Nuestra Cuaresma nos acercó hasta las puertas de celebraciones muy profundas de nuestra fe. No pasemos de largo.

Mañana, 22 de marzo, se conmemora el “Día Mundial del Agua”. Amar la creación y dar gracias a Dios nos compromete a cuidarla.

El viernes pasado hemos conmemorado la Fiesta de San José. Francisco nos invita a transitar este año haciendo memoria de su vida y ejemplo. Para ayudarnos a reconocer en San José aspectos centrales para nuestra fe, escribió la Carta Apostólica “Con Corazón de Padre”; te comparto algunos párrafos.

“Todos pueden encontrar en san José —el hombre que pasa desapercibido, el hombre de la presencia diaria, discreta y oculta— un intercesor, un apoyo y una guía en tiempos de dificultad.”

“José deja de lado sus razonamientos para dar paso a lo que acontece y, por más misterioso que le parezca, lo acoge, asume la responsabilidad y se reconcilia con su propia historia. (…) No es un hombre que se resigna pasivamente. Es un protagonista valiente y fuerte. La acogida es un modo por el que se manifiesta en nuestra vida el don de la fortaleza que nos viene del Espíritu Santo. Sólo el Señor puede darnos la fuerza para acoger la vida tal como es, para hacer sitio incluso a esa parte contradictoria, inesperada y decepcionante de la existencia.” En otras palabras expresadas hace un tiempo por el Cardenal Bergoglio, “recibir la vida como viene”. No todo lo que aparece en penumbras es pecado o negativo; pueden ser sombras nomás.

La clave es no racionalizar ni dar tantas vueltas, sino “acoger la propia historia, es decir, hacer espacio dentro de nosotros mismos incluso para lo que no hemos elegido en nuestra vida, necesitamos añadir otra característica importante: la valentía creativa. Esta surge especialmente cuando encontramos dificultades. De hecho, cuando nos enfrentamos a un problema podemos detenernos y bajar los brazos, o podemos ingeniárnoslas de alguna manera. A veces las dificultades son precisamente las que sacan a relucir recursos en cada uno de nosotros que ni siquiera pensábamos tener”.

San José “sabía transformar un problema en una oportunidad, anteponiendo siempre la confianza en la Providencia”. La pandemia que nos impuso restricciones y cambió muchos de nuestros hábitos ya cumple un año. Muchos asumieron esta actitud de la valentía creativa y buscaron dar respuestas nuevas a situaciones inéditas.

No debemos quedar de brazos cruzados. “Debemos preguntarnos siempre si estamos protegiendo con todas nuestras fuerzas a Jesús y María, que están misteriosamente confiados a nuestra responsabilidad, a nuestro cuidado, a nuestra custodia.”