Vengo con el corazón abatido

Vengo con el corazón abatido

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo coadjutor de San Juan de Cuyo y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

 

Quienes tenemos varias décadas de existencia hemos atravesado por ocasiones en las cuales “se nos hace de noche”. Momentos en que pareciera que el sufrimiento se apodera de nuestras jornadas (o años), y nos cuesta tener una mirada positiva de la vida.

El rostro de la angustia que nos visita puede tener diversos nombres: enfermedad, muerte de un hijo, desocupación, traición de quienes menos esperábamos…O sufrimientos que vienen de uno mismo por no poder superar una adicción, un pecado, o alcanzar un logro que nos proponemos.

En estas circunstancias no debe aflojar la certeza del amor de Dios hacia cada uno de nosotros. No negociemos con el aislamiento y la soledad. Busquemos a quienes puedan escuchar y alentar.

A su vez, sepamos todos ser instrumentos de esperanza y de paz para los demás. El profeta Isaías recibió de Dios este mandato: “consuelen, consuelen a mi pueblo” (Is 40, 1), que lo es también para toda la Iglesia. El Papa en su Carta Apostólica “Misericordia et misera” nos dice que la Misericordia de Dios “se expresa también en la cercanía, en el afecto y en el apoyo que muchos hermanos y hermanas nos ofrecen cuando sobrevienen los días de tristeza y aflicción. Enjugar las lágrimas es una acción concreta que rompe el círculo de la soledad en el que con frecuencia terminamos encerrados” (Mm 13).

Varias veces me ha sucedido no encontrar palabras adecuadas para el drama de quien sufre, y expresar la cercanía más con bien gestos como un abrazo, una mano en el hombro, o la sola presencia.

El Papa sabe de esos momentos y por eso escribe: “A veces también el silencio es de gran ayuda; porque en algunos momentos no existen palabras para responder a los interrogantes del que sufre. La falta de palabras, sin embargo, se puede suplir por la compasión del que está presente y cercano, del que ama y tiende la mano”. (Mm 13)

Por eso es clave no pretender sacarnos un problema de encima con “palabras de ocasión” que suenan a hueco. Para consolar en la aflicción es necesario hacer camino codo a codo con los hermanos. Animarnos a abrir el corazón y dejar entrar la vida como venga. Jesús padeció momentos de sufrimiento que al evocarlos nos ayudan a sentirlo cercano. Una de esas situaciones está relacionada en las tentaciones en el desierto, Evangelio que leemos en las misas de este primer domingo de Cuaresma (Mt. 4, 1-11). Después del Bautismo y antes de comenzar su vida pública de predicación del Reino, Jesús fue al desierto y pasó 40 días de ayuno y oración. Otro de los sufrimientos los vivió el Señor poco antes de ser llevado preso; nos dicen los Evangelios que confió a Pedro, Santiago y Juan que comenzó a sentir terror y abatimiento (Cfr. Mc. 14, 33-35; Mt. 26, 37-38).

Y la experiencia de soledad y despojo en la cruz: “Dios mío, por qué me has abandonado” (Mt. 27,46), oración tomada del Salmo 22, en el cual el Mesías reza a Dios poniendo la vida con confianza en sus manos.

El miércoles pasado hemos comenzado este tiempo de Cuaresma, un camino hacia la Pascua.

La Iglesia nos propone tres caminos bien concretos.

La oración, para acercarnos más al diálogo con Dios, a meditar su palabra.

El ayuno, para privarnos de lo superfluo, y especialmente del pecado.

La limosna, gesto de solidaridad con los más pobres.

Renovemos el deseo de abrazarnos al amor de Dios y miremos a nuestros hermanos. Venzamos a la tentación de la indiferencia.