Te Deum 2018

Te Deum 2018

 

25 de mayo de 2018

(Rm. 12, 6-13)

           

            ¡Feliz día de la Patria! Nos encontramos en esta mañana para dar gracias a Dios por los inicios de la Nación. Los renglones de la carta que San Pablo escribió a los cristianos que vivían en Roma y que acabamos de leer nos iluminan en nuestra oración. “Tengan horror al mal y pasión por el bien.” (Rm 12, 9)

            Cuando el bien y el mal se vuelven difusos ante corrientes relativistas, la verdad es reemplazada por la simple opinión o el consenso. No importa quién tiene la razón, sino más fuerza para decidir e imponer reglas de juego. No podemos dejarnos derrotar por el relativismo ético que arrasa con los derechos de los más pequeños. Si proclamamos la igualdad de oportunidades, hemos de cuidar a todos. Porque “Toda vida vale”.

En el plano económico unos pocos tienen pasión por acumular y no les importa quién quede fuera de la sociedad. “Es cada vez más claro que el egoísmo a largo plazo no da frutos y hace pagar a todos un precio demasiado alto; por lo tanto, si queremos el bien real del hombre verdadero para los hombres, «¡el dinero debe servir y no gobernar!»” (…) “Las economías y las finanzas necesitan ‘una ética amiga de la persona’.” (“Las cuestiones económicas y financieras”, Congregación para la Doctrina de la Fe y Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, Vaticano, 2018)

            En cambio, se flexibilizan los derechos y se relativiza la dignidad de la persona humana. En esa misma línea, la ley de Dios y el Destino Universal de los Bienes de la Tierra se ponen entre paréntesis o se los arrincona al plano individual. La única ley que no parece discutirse es la de los mercados. “En una perspectiva plenamente humana, se establece un círculo virtuoso entre ganancia y solidaridad, el cual, gracias al obrar libre del hombre, puede expandir todas las potencialidades positivas de los mercados.” (Ídem)

            No podemos aceptar lo que está mal por supuesta “presión social” o con el argumento que “muchos lo hacen”. Corremos el riesgo de debilitar el rechazo a lo que hace daño objetivamente. En muchas familias, no sólo en el mundo, sino también entre nosotros, se naturaliza el consumo de alcohol en los jóvenes hasta límites de poner en riesgo la salud. Se naturaliza también entre los adultos el consumo de drogas (“total, un porro no hace nada”). Se mira para otro lado cuando adolescentes y jóvenes preguntan por la sexualidad.

            Nos encontramos con reacciones tibias ante la injusticia o la falta de equidad. En el mundo crece la riqueza pero cada vez se concentra en menos manos de los llamados “multi – mil – millonarios”.

            En la Argentina se ha producido en las últimas décadas un proceso creciente de concentración en la propiedad de la tierra, reduciendo la cantidad de unidades productivas. Es cierto que se logra en algunos rubros mayor eficiencia y productividad. Pero, ¿ese es el valor mayor de la economía? En el centro de la actividad económica, ¿está el dinero o la persona? ¿Las finanzas o el trabajo? ¿La acumulación o la equidad? ¿La productividad o el ambiente? ¿El poder o la justicia?

            ¿De qué lado queremos ubicar la soberanía?

            La semana pasada se dio a conocer en el Vaticano el documento “Las cuestiones económicas y financieras” (Consideraciones para un discernimiento ético sobre algunos aspectos del actual sistema económico y financiero). Imperdible. Leerlo requiere de tiempo junto con una buena dosis de predisposición a internarse en un mismo acto en análisis geopolítico, miradas sobre economía global, ética y valores superadores, especulación financiera, Estados acreedores y deudores, solidaridad, justicia, verdad y libertad, sin perder de vista que en el medio de todo está la gente. Allí se indica que “Es necesario emprender una reflexión ética sobre ciertos aspectos de la intermediación financiera, cuyo funcionamiento, habiéndose desvinculado de fundamentos antropológicos y morales apropiados, no sólo ha producido abusos e injusticias evidentes, sino que se ha demostrado también capaz de crear crisis sistémicas en todo el mundo”.

            Estar integrados al mundo es muy bueno. Pero no implica copiar y pegar modelos culturales ajenos a nuestras raíces ni miradas antropológicas reduccionistas que no tienen otro horizonte más allá del consumismo individualista o el “pasarla bien”. No tenemos por qué imitar los desvaríos de sociedades supuestamente avanzadas o “progresistas” que se enorgullecen de avances tecnológicos pero ponen alambres de púa y muros a los extranjeros de cualquier edad y condición.

            No es necesario parecernos a países que promueven libre circulación de dinero pero no de personas. O que condenan sólo algunos actos de violencia pero financian las guerras en otros lugares del mundo.            

            En el 25 de mayo evocamos el primer grito de libertad que resonó en la Patria. Pero ese lamento interior sigue brotando. Es necesario “escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres” (Francisco, LS 49).

            Estamos llamados a contribuir a la amistad social, pero no como sonrisa para la foto, sino con disposición del corazón. San Pablo también nos pide “ámense cordialmente con amor fraterno (…) y consideren como propias las necesidades de los pobres” (Rm. 12, 10-13). En las controversias los que sufren son los más pobres.

            Hace falta incentivar al compromiso y la participación de todos los ciudadanos. En la gesta de Mayo que hoy evocamos se movilizaron todos los vecinos, salvo algunos que prefirieron seguir en lo de siempre. Todos debemos ser co-responsables de la construcción del bien común.

            Pero debemos superar la actitud quejosa que nos paraliza. No estamos determinados por fuerzas extra-naturales.

            Siguiendo a San Pablo “Debemos también tener pasión por el bien”.

            Estamos llamados a construir el bien. Una sociedad más justa y solidaria.

            En una familia, cuando se enfrenta un problema, los más fuertes son quienes más sacrificios hacen. Si hay que correr muebles porque se rompió un caño, si hay que remover la tierra para sembrar, si hay que preparar la comida, no se transfiere la responsabilidad a los niños o a los ancianos. Los que se arremangan son los más fuertes.

            Ante las situaciones de crisis económicas o necesidades de contribución, no puede caer el peso sobre los niños, los ancianos, los enfermos, la población más vulnerable. “Pero en el vigente modelo «exitista» y «privatista» no parece tener sentido invertir para que los lentos, débiles o menos dotados puedan abrirse camino en la vida”. (EG 209)

            Debemos cuidar a los más frágiles, y entre ellos los niños por nacer. Francisco nos enseña que “no es progresista pretender resolver los problemas eliminando una vida humana”. (Francisco, EG 214)

Ellos son no sólo nuestro futuro, sino nuestro presente. Ellos no hablan aún, pero su corazón late fuerte. Ellos no salen solos a la calle, pero ya están entre nosotros. Tienen derecho, porque toda vida vale.

 

+Jorge Eduardo Lozano

Arzobispo de San Juan de Cuyo