“Soy amado, luego existo”

“Soy amado, luego existo”

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo coadjutor de San Juan de Cuyo y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

Estamos acostumbrados a escuchar la famosa expresión del filósofo Descartes: “pienso, luego existo”. Francisco, en su Carta Apostólica “Misericordia et misera”, sin pretender polemizar con aquel filósofo, ha escrito: “soy amado, luego existo”; y completa la reflexión evocando su propia experiencia y la de cada uno “he sido perdonado, entonces renazco a una vida nueva; he sido «misericordiado», entonces me convierto en instrumento de misericordia” (Mm 16).

En toda la Biblia, y en los Evangelios, se nos muestra permanentemente la iniciativa de Dios en expresarnos su amor, su ternura. Cuando nos acerca las escenas de Jesús ante la mujer sorprendida en adulterio, y de aquella otra que bañaba sus pies con lágrimas y los secaba con sus cabellos, Francisco nos dice: “Cuánta alegría ha brotado en el corazón de estas dos mujeres, la adúltera y la pecadora. El perdón ha hecho que se sintieran al fin más libres y felices que nunca. Las lágrimas de vergüenza y de dolor se han transformado en la sonrisa de quien se sabe amado. La misericordia suscita alegría porque el corazón se abre a la esperanza de una vida nueva” (Mm 3).

En varias escenas evangélicas se nos muestra a Jesús que mira en lo profundo del corazón humano, y hace surgir luces donde sólo había oscuridad y tinieblas, esperanza donde todo parecía clausurado, solidaridad donde sólo había avaricia y egoísmo.

Quiero esa mirada de Jesús para mí. Quiero que llegue a lo profundo de mi alma y renueve lo que en mí es obsoleto y sin fuerza.

Amar a alguien es hacerle saber que no nos es indiferente. Que valoramos su vida, sus proyectos, sus anhelos… Que disfrutamos de su alegría y sus logros. Que sufrimos sus desdichas. Lo que San Pablo expresa como “reír con los que ríen, llorar con los que lloran” (Cfr. Rm 12, 15). Es hacernos uno con los otros compartiendo su vida.

Amar es afirmar a la otra persona en la vida. Otro filosofo del siglo XX escribió: “amar es decirle a alguien: tú no morirás jamás” (Gabriel Marcel).

Hoy en las misas leemos el Evangelio de la transfiguración del Señor. Ante tres de los Apóstoles Dios Padre hace oír su voz: “Este es mi Hijo amado, escúchenlo” (Mt. 17, 5).

Volvamos entonces a la afirmación del Papa “soy amado, luego existo”. Desde la fe reconocemos la vida como un don de Dios, somos parte de un proyecto de su Amor Creador y de su Paternidad. En el origen del Universo, y de cada creatura, está el deseo de Dios que quiere la felicidad y plenitud de cada ser.

El amor de Dios es sin condiciones. No negocia ni presiona. Así es nuestra fe: “antes que el pecado, tenemos la revelación del amor con el que Dios ha creado el mundo y los seres humanos. El amor es el primer acto con el que Dios se da a conocer y viene a nuestro encuentro. Por tanto, abramos el corazón a la confianza de ser amados por Dios. Su amor nos precede siempre, nos acompaña y permanece junto a nosotros a pesar de nuestro pecado” (Mm 5).

Pero el amor no solamente nos mantiene en la existencia en cuanto a la duración de la vida, sino que nos sostiene en las búsquedas más hondas del corazón. Nos alienta en las luchas cotidianas aunque nos parezca imposible vencer dificultades que se nos presentan.

Por eso San Pablo nos fortalece en la certeza de que “la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5, 5).

Junto con el amor de Dios, está el de la familia, los amigos, la comunidad.

El Papa Benedicto XVI, en su encíclica sobre “El amor en la verdad” (Caritas in Veritate) escribió: “Una de las pobrezas más hondas que el hombre puede experimentar es la soledad. Ciertamente, también las otras pobrezas, incluidas las materiales, nacen del aislamiento, del no ser amados o de la dificultad de amar” (CV 53).

Sepamos acoger en el corazón esta certeza del amor de Dios, y seamos testigos de esperanza.  

Este lunes 13 de marzo se cumplen 4 años de la elección del Cardenal Jorge Bergoglio como sucesor del Papa Benedicto XVI. Demos gracias a Dios por tantas cosas vividas en este tiempo y por su Magisterio que nos llama a la alegría de la fe y la misión.