Las huellas de la guerra y la violencia

Las huellas de la guerra y la violencia

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

 

Las guerras siempre dejan huellas que no se borran con facilidad. Quienes vieron cadáveres en las calles, poblarse cementerios o fosas comunes, cicatrices en los cuerpos, llantos, niños huérfanos, soledad, destrucción de escuelas, hospitales, hogares… Son imágenes imborrables de la memoria.

Hace pocos días se cumplió un nuevo aniversario de un acontecimiento muy triste para la humanidad. El 6 de agosto de 1945 lo recordaremos como el día en que “conocimos” nuestra capacidad destructiva con la bomba atómica que impactaba en la ciudad japonesa de Hiroshima, y el 9 de agosto otra similar sobre Nagasaki. Muchos murieron en esos días, y más aún en los meses y años siguientes. Hacia fines de ese año, ya habían muerto 246.000 personas.

Avances científicos puestos al servicio de la destrucción y la muerte.

Podemos también volver la mirada sobre nosotros y evocar las muertes por la guerra de Malvinas. Cuántos jóvenes… cuántos murieron luego. Cuántos fueron invisibilizados y ninguneados.

Hoy en varios lugares del planeta se dan enfrentamientos armados. Siria, Irak, Palestina e Israel, Sudán del Sur, entre otros. Son naciones y regiones castigadas que se van desangrando entre conflictos internos que alimentan intereses económicos externos. Francisco ha denunciado varias veces que estamos ante la “tercera guerra mundial en cuotas”. Estas guerras también provocan desplazamientos forzados de poblaciones, persecución, mafias de trata de personas…

Qué poca importancia le dan a esto los organismos internacionales.

Quisiera que miremos a Venezuela. Desde hace tiempo se viene dando una situación de violencia política que en los últimos  meses se ha complicado y agravado.

Algunos países de la región han intentado infructuosamente colaborar en alternativas de salida democrática, y otros miran con lentes ideológicos narrando paraísos en los cuales los pobres están mejor que nunca. Otros piensan que esta es la manera adecuada de gobernar y privilegian el espacio de poder por encima de los derechos humanos o el respeto a la democracia. La realidad que muestran miembros de organismos de ayuda, Iglesias y otros dista mucho del relato oficial.

Hace tiempo que la Iglesia en Venezuela intenta caminos de diálogo sin ser escuchada. Hubo también varios intentos del Vaticano por convocar instancias de diálogo y mediación formal, que han sido públicas. (Aunque algún medio de comunicación haya querido ensuciar la figura del Papa titulando que se pronuncia recién después de 145 muertos. Me da pena y vergüenza.) En octubre del año pasado fue enviado el Nuncio en Argentina, Monseñor Emil Paul Tscherrig, poco después continuó con la tarea Monseñor Claudio María Celli, de la Secretaría de Estado. El Secretario de Estado del Vaticano, el Cardenal Pietro Parolin envió una dura carta al presidente venezolano Nicolás Maduro en diciembre pasado por no haber cumplido los acuerdos alcanzados con la oposición a los cuales se había llegado mediante gestiones del Vaticano. Además, no podemos desconocer que en este caso –como en otros– siempre hay reuniones y gestiones que no son públicas, y suponer o imaginar que no se hace nada es desinformación responsable en quienes tienen el deber de informar. Veo reduccionismo en ese periodismo de baja intensidad en la investigación, en recorrer las fuentes, en escuchar y saber esperar el mejor momento para ayudar a construir la paz desde lo informativo.

También debemos reconocer que hay muchos intereses económicos debido a negociados vinculados al narcotráfico y a hechos de corrupción que cualquier pérdida de poder les puede venir en contra de los privilegios obtenidos. Entre los seguidores del oficialismo hay quienes están convencidos de que van por buen camino, no todos son corruptos. Algunos líderes de la oposición tampoco han tenido voluntad de diálogo, o les parece que la estrategia es la violencia. Hablar de fracaso de la diplomacia vaticana es casi como suponer que está vez falló “la varita mágica” que en otras oportunidades nos sacó de apuros. Otra vez veo reduccionismo.

Los obispos venezolanos han dicho hace pocos días que se viven “horas difíciles cargadas de incertidumbres y contradicciones” con “enfrentamientos de creciente intensidad” en los cuales “efectivos militares y policiales, y grupos civiles armados afectos al gobierno obran coordinadamente atropellando al pueblo que manifiesta su descontento y su rechazo a la Asamblea Constituyente”. Desde hace años se sabe que se distribuyeron armas entre los civiles adeptos al régimen formando milicias paralelas. Quienes recibieron estas armas no las tienen de adorno en las paredes de sus casas.

Y siguen diciendo, “una vez más alzamos nuestras voces contra la violencia, venga de donde venga. (…) La represión desmedida con saldo de heridos, muertos y detenidos genera mayor violencia”.

La solución no será sencilla. Los que tenemos fe, recemos para que los corazones se dispongan al diálogo y a la paz.