La alegría por las buenas noticias

La alegría por las buenas noticias

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

 

Cuando nos dicen “tengo dos noticias para darte, una buena y otra mala, ¿por cuál querés que empiece?”, nos gustaría que solamente nos contaran la existencia de la que resulte mejor, y la peor se hubiera esfumado. Pero la vida no es así. Está compuesta de unas y otras. Y aunque nos cueste y reneguemos de la realidad, ella es lo que es.

Los profetas son enviados por Dios para hacer llegar sus mensajes, que pueden ser de consuelo y liberación, o de sufrimientos a causa del pecado del Pueblo. Juan el Bautista tuvo la misión de ser el puente entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Fue el encargado de señalar el cumplimiento de las promesas de Dios, y señaló a Jesús como el Mesías esperado desde todos los siglos. Por medio de su predicación en el desierto alentaba al pueblo a preparar el corazón para el Encuentro con Dios.

Ante esta expectativa la gente se sorprendía y le preguntaba “¿qué tenemos que hacer?”. Y Juan les respondió con tres indicaciones bien concretas, que leemos en el Evangelio de las misas de este fin de semana.

Lo primero es mirar a los demás y compartir. “El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene; otro tanto el que tenga comida” (Lc. 4, 11). Podríamos decir dos obras de misericordia: vestir al desnudo y dar de comer al hambriento. No son teorías o abstracciones, tampoco cuestiones ideológicas, sino realidades bien concretas. Más adelante, en el Evangelio de San Mateo, Jesús lo enseñará como servicios realizados a Él mismo lo realizado con los pobres (Mt. 25).

A los que cobraban impuestos para el Imperio Romano, les pidió que no exigieran de más (Lc. 4,13). Esto debido a que unos cuantos en ese oficio eran deshonestos y se enriquecían a costa del esfuerzo y el trabajo de los otros.

A los militares (Lc. 4,14), los que tienen algún tipo de autoridad o poder, les ordenó que no extorsionen a nadie, que no se abusen de su fuerza o lugar en la sociedad.

¡¡¡Qué caminos tan concretos!!! Servir a los pobres, no pedir a los demás nada por encima de sus posibilidades y no abusar del poder o autoridad que uno pueda tener.

No son mandatos rebuscados. No digo que sean sencillos. Pero están al alcance de todos, siempre y cuando nos abramos a la gracia de Dios. Para ello es necesario dejar de lado actitudes individualistas y egocéntricas, reconociendo nuestras limitaciones.

San Pablo también exhorta a los primeros cristianos —y a nosotros— “estén siempre alegres, lo repito, estén alegres. Que la bondad de ustedes sea reconocida por todos. El Señor está cerca” (Flp 4, 4-5). Esta es la causa de nuestra alegría, aun en medio de dificultades que podamos experimentar.

El Concilio Vaticano II lo expresó con singular belleza: “En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor, Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación. Nada extraño, pues, que todas las verdades hasta aquí expuestas encuentren en Cristo su fuente y su corona”.

“El que es imagen de Dios invisible (Col 1,15) es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado.” (Gaudium et spes 22). Qué hermoso modo de expresar la cercanía de Dios y las consecuencias del nacimiento del Hijo de Dios en la noche de Belén.

Este domingo 16 de diciembre se cumplen 39 años de la Consagración de la Iglesia Catedral de San Juan. Un acontecimiento muy importante que iremos desplegando a lo largo del 2019. Y mañana, 17 de diciembre, es el cumpleaños del Papa Francisco. Tengamos una oración especial por él.