¿En que quedamos primero o último?

¿En que quedamos primero o último?

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

 

En el Evangelio de este domingo, Jesús sorprende a sus Apóstoles, y a nosotros, con su enseñanza.  Los discípulos habían estado discutiendo, acerca de quién era el más importante de entre ellos. ¿Sería Pedro, Juan, Andrés?  ¿Tal vez Mateo, más acostumbrado al manejo del dinero, o alguno que tuviera más destreza para la pesca? ¿Quien tuviera mejor oratoria?

Y el Señor los asombra con esta enseñanza, que se las imparte como un Maestro. Los reúne al llegar a la casa, dialoga tranquilamente con ellos, para que les quede bien en claro cuál es su mensaje: “El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9, 35). Y esto es algo que a nosotros nos cuesta mucho entender.

Jesús pone como ejemplo a un niño, tomándolo muy cerquita de Él. En la cultura del tiempo de Israel, el niño es el que no cuenta, el desprotegido, no tiene derechos por sí mismo si no es acompañado por un adulto.     

Nos llama a cambiar la lógica del pretender “sobre-salir” por encima de los demás, buscar diferencias para estar arriba, y en cambio estar al servicio de los últimos.

Esta enseñanza de Jesús tiene consecuencias personales y pastorales. Lo personal es que cada uno de nosotros tiene que saber encontrar en el servicio a los hermanos aquello que de verdad lo distingue. La tentación que muchas veces tenemos quienes somos obispos, sacerdotes, diáconos, catequistas, responsables de alguna tarea en la comunidad es anhelar espacios de poder y de honor. O figurar para ser reconocido.

Jesús es muy clarito, ni en el poder ni en el honor encontramos la respuesta auténtica a la vocación recibida. El lugar está en el servicio y podríamos decir que quienes anhelan alcanzar o conquistar los espacios de los primeros lugares, en realidad son dignos de lástima.

El verdadero poder está en el servicio.

Las consecuencias pastorales consisten en reconocer que estamos llamados a servir especialmente a los últimos, a ir a las periferias, al encuentro de los que no cuentan, a los que no son valorados por esta sociedad; a los que, como describe el documento de Aparecida, son considerados descartables, desechables, dejados de lado. Esta opción no es una “estrategia” para mejorar la imagen de la Iglesia, no es un maquillaje o sonrisa para la foto, sino fidelidad al Maestro. Es necesario desprendernos de la imagen piramidal de la Iglesia, para reconocernos como un “Pueblo que camina, anuncia y sirve”.

Antes de la Última Cena Jesús se inclinó ante los discípulos para lavarles los pies. Y les explicó: “Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes” (Jn 13, 14 – 15).

La transformación de la realidad empieza desde los últimos, desde los postergados, desde las periferias. Allí encontramos la fuerza renovadora del Espíritu Santo presente en los pobres y postergados.

Recordemos, también aquí, lo que nos enseñaba el mismo Jesús, en el Capítulo 25 de San Mateo, lo que Francisco llama el “Gran Protocolo” para alcanzar la santidad: Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estaba desnudo y me vestiste, sin casa y me alojaste.

Claro que esta propuesta del Evangelio es, podríamos decir, a contrapelo de muchos de nuestros anhelos y deseos de protagonismo, pero si queremos alcanzar la felicidad tenemos que tomar el camino de la cruz, el camino del sufrimiento, y parecernos cada vez más a Jesús, que no vino a ser servido sino a servir y entregar su vida por todos.