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MENSAJE
DEL PAPA
PARA LA XVLI JORNADA MUNDIAL
DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES.
3 DE MAYO DE 2009 – IV DOMINGO DE PASCUA
Tema: « La confianza
en la iniciativa de Dios y la respuesta humana»
Venerados Hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio,
Queridos hermanos y hermanas
Con ocasión de la próxima Jornada Mundial de oración por las
vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, que se celebrará el
3 de mayo de 2009, Cuarto Domingo de Pascua, me es grato invitar a
todo el pueblo de Dios a reflexionar sobre el tema: La confianza
en la iniciativa de Dios y la respuesta humana. Resuena
constantemente en la Iglesia la exhortación de Jesús a sus
discípulos: «Rogad al dueño de la mies, que envíe obreros a su mies»
(Mt 9, 38). ¡Rogad! La apremiante invitación del Señor subraya cómo
la oración por las vocaciones ha de ser ininterrumpida y confiada.
De hecho, la comunidad cristiana, sólo si efectivamente está animada
por la oración, puede «tener mayor fe y esperanza en la iniciativa
divina» (Exhort. ap. postsinodal
Sacramentum caritatis, 26).
La vocación al sacerdocio y a la vida consagrada constituye un
especial don divino, que se sitúa en el amplio proyecto de amor y de
salvación que Dios tiene para cada hombre y la humanidad entera. El
apóstol Pablo, al que recordamos especialmente durante este Año
Paulino en el segundo milenio de su nacimiento, escribiendo a los
efesios afirma: «Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, nos ha
bendecido en la persona de Cristo, con toda clase de bienes
espirituales y celestiales. Él nos eligió en la persona de Cristo
antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables
ante Él por el amor» (Ef 1, 3-4). En la llamada universal a la
santidad destaca la peculiar iniciativa de Dios, escogiendo a
algunos para que sigan más de cerca a su Hijo Jesucristo, y sean sus
ministros y testigos privilegiados. El divino Maestro llamó
personalmente a los Apóstoles «para que lo acompañaran y para
enviarlos a predicar, con poder para expulsar demonios» (Mc
3,14-15); ellos, a su vez, se asociaron con otros discípulos, fieles
colaboradores en el ministerio misionero. Y así, respondiendo a la
llamada del Señor y dóciles a la acción del Espíritu Santo, una
multitud innumerable de presbíteros y de personas consagradas, a lo
largo de los siglos, se ha entregado completamente en la Iglesia al
servicio del Evangelio. Damos gracias al Señor porque también hoy
sigue llamando a obreros para su viña. Aunque es verdad que en
algunas regiones de la tierra se registra una escasez preocupante de
presbíteros, y que dificultades y obstáculos acompañan el camino de
la Iglesia, nos sostiene la certeza inquebrantable de que el Señor,
que libremente escoge e invita a su seguimiento a personas de todas
las culturas y de todas las edades, según los designios
inescrutables de su amor misericordioso, la guía firmemente por los
senderos del tiempo hacia el cumplimiento definitivo del Reino.
Nuestro primer deber ha de ser por tanto mantener viva, con oración
incesante, esa invocación de la iniciativa divina en las familias y
en las parroquias, en los movimientos y en las asociaciones
entregadas al apostolado, en las comunidades religiosas y en todas
las estructuras de la vida diocesana. Tenemos que rezar para que en
todo el pueblo cristiano crezca la confianza en Dios, convencido de
que el «dueño de la mies» no deja de pedir a algunos que entreguen
libremente su existencia para colaborar más estrechamente con Él en
la obra de la salvación. Y por parte de cuantos están llamados, se
requiere escucha atenta y prudente discernimiento, adhesión generosa
y dócil al designio divino, profundización seria en lo que es propio
de la vocación sacerdotal y religiosa para corresponder a ella de
manera responsable y convencida. El Catecismo de la Iglesia Católica
recuerda oportunamente que la iniciativa libre de Dios requiere la
respuesta libre del hombre. Una respuesta positiva que presupone
siempre la aceptación y la participación en el proyecto que Dios
tiene sobre cada uno; una respuesta que acoja la iniciativa amorosa
del Señor y llegue a ser para todo el que es llamado una exigencia
moral vinculante, una ofrenda agradecida a Dios y una total
cooperación en el plan que Él persigue en la historia (cf. n.
2062).
Contemplando el misterio eucarístico, que expresa de manera sublime
el don que libremente ha hecho el Padre en la Persona del Hijo
Unigénito para la salvación de los hombres, y la plena y dócil
disponibilidad de Cristo hasta beber plenamente el «cáliz» de la
voluntad de Dios (cf. Mt 26, 39), comprendemos mejor cómo «la
confianza en la iniciativa de Dios» modela y da valor a la
«respuesta humana». En la Eucaristía, don perfecto que realiza
el proyecto de amor para la redención del mundo, Jesús se inmola
libremente para la salvación de la humanidad. «La Iglesia –escribió
mi amado predecesor Juan Pablo II– ha recibido la Eucaristía de
Cristo, su Señor, no sólo como un don entre otros muchos, aunque sea
muy valioso, sino como el don por excelencia, porque es don
de sí mismo, de su persona en su santa humanidad y, además, de su
obra de salvación» (Enc.
Ecclesia de Eucharistia, 11).
Los presbíteros, que precisamente en Cristo eucarístico pueden
contemplar el modelo eximio de un «diálogo vocacional» entre la
libre iniciativa del Padre y la respuesta confiada de Cristo, están
destinados a perpetuar ese misterio salvífico a lo largo de los
siglos, hasta el retorno glorioso del Señor. En la celebración
eucarística es el mismo Cristo el que actúa en quienes Él ha
escogido como ministros suyos; los sostiene para que su respuesta se
desarrolle en una dimensión de confianza y de gratitud que despeje
todos los temores, incluso cuando aparece más fuerte la experiencia
de la propia flaqueza (cf. Rm 8, 26-30), o se hace más duro el
contexto de incomprensión o incluso de persecución (cf. Rm 8,
35-39).
El convencimiento de estar salvados por el amor de Cristo, que cada
Santa Misa alimenta a los creyentes y especialmente a los
sacerdotes, no puede dejar de suscitar en ellos un confiado abandono
en Cristo que ha dado la vida por nosotros. Por tanto, creer en el
Señor y aceptar su don, comporta fiarse de Él con agradecimiento
adhiriéndose a su proyecto salvífico. Si esto sucede, «la persona
llamada» lo abandona todo gustosamente y acude a la escuela del
divino Maestro; comienza entonces un fecundo diálogo entre Dios y el
hombre, un misterioso encuentro entre el amor del Señor que llama y
la libertad del hombre que le responde en el amor, sintiendo resonar
en su alma las palabras de Jesús: «No sois vosotros los que me
habéis elegido, soy yo quien os he elegido, y os he destinado para
que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure» (Jn 15, 16).
Ese engarce de amor entre la iniciativa divina y la respuesta humana
se presenta también, de manera admirable, en la vocación a la vida
consagrada. El Concilio Vaticano II recuerda: «Los consejos
evangélicos de castidad consagrada a Dios, pobreza y obediencia
tienen su fundamento en las palabras y el ejemplo del Señor.
Recomendados por los Apóstoles, por los Padres de la Iglesia, los
doctores y pastores, son un don de Dios, que la Iglesia recibió de
su Señor y que con su gracia conserva siempre» (Lumen
gentium, 43). Una vez más, Jesús es el modelo ejemplar de
adhesión total y confiada a la voluntad del Padre, al que toda
persona consagrada ha de mirar. Atraídos por Él, desde los primeros
siglos del cristianismo, muchos hombres y mujeres han abandonado
familia, posesiones, riquezas materiales y todo lo que es
humanamente deseable, para seguir generosamente a Cristo y vivir sin
ataduras su Evangelio, que se ha convertido para ellos en escuela de
santidad radical. Todavía hoy muchos avanzan por ese mismo camino
exigente de perfección evangélica, y realizan su vocación con la
profesión de los consejos evangélicos. El testimonio de esos
hermanos y hermanas nuestros, tanto en monasterios de vida
contemplativa como en los institutos y congregaciones de vida
apostólica, le recuerda al pueblo de Dios «el misterio del Reino de
Dios que ya actúa en la historia, pero que espera su plena
realización en el cielo» (Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal
Vita consecrata, 1).
¿Quién puede considerarse digno de acceder al ministerio sacerdotal?
¿Quién puede abrazar la vida consagrada contando sólo con sus
fuerzas humanas? Una vez más conviene recordar que la respuesta del
hombre a la llamada divina, cuando se tiene conciencia de que es
Dios quien toma la iniciativa y a Él le corresponde llevar a término
su proyecto de salvación, nunca se parece al cálculo miedoso del
siervo perezoso que por temor esconde el talento recibido en la
tierra (cf. Mt 25, 14-30), sino que se manifiesta en una rápida
adhesión a la invitación del Señor, como hizo Pedro, que no dudó en
echar nuevamente las redes pese a haber estado toda la noche
faenando sin pescar nada, confiando en su palabra (cf. Lc 5, 5). Sin
abdicar en ningún momento de la responsabilidad personal, la
respuesta libre del hombre a Dios se transforma así en
«corresponsabilidad», en responsabilidad en y con Cristo, en virtud
de la acción de su Espíritu Santo; se convierte en comunión con
quien nos hace capaces de dar fruto abundante (cf. Jn 15, 5).
Emblemática respuesta humana, llena de confianza en la iniciativa de
Dios, es el «Amén» generoso y total de la Virgen de Nazaret,
pronunciado con humilde y decidida adhesión a los designios del
Altísimo, que le fueron comunicados por un mensajero celestial (cf.
Lc 1, 38). Su «sí» inmediato le permitió convertirse en la Madre de
Dios, la Madre de nuestro Salvador. María, después de aquel primer
«fiat», que tantas otras veces tuvo que repetir, hasta el momento
culminante de la crucifixión de Jesús, cuando «estaba junto a la
cruz», como señala el evangelista Juan, siendo copartícipe del dolor
atroz de su Hijo inocente. Y precisamente desde la cruz, Jesús
moribundo nos la dio como Madre y a Ella fuimos confiados como hijos
(cf. Jn 19, 26-27), Madre especialmente de los sacerdotes y de las
personas consagradas. Quisiera encomendar a Ella a cuantos descubren
la llamada de Dios para encaminarse por la senda del sacerdocio
ministerial o de la vida consagrada.
Queridos amigos, no os desaniméis ante las dificultades y las dudas;
confiad en Dios y seguid fielmente a Jesús y seréis los testigos de
la alegría que brota de la unión íntima con Él. A imitación de la
Virgen María, a la que llaman dichosa todas las generaciones porque
ha creído (cf. Lc 1, 48), esforzaos con toda energía espiritual en
llevar a cabo el proyecto salvífico del Padre celestial, cultivando
en vuestro corazón, como Ella, la capacidad de asombro y de
adoración a quien tiene el poder de hacer «grandes cosas» porque su
Nombre es santo (Cf. Lc 1, 49).
Vaticano, 20 de enero de 2009
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