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MEMORIA, ACCIÓN DE GRACIAS Y COMPROMISO
MISIONERO
CARTA PASTORAL DEL ARZOBISPO DE SAN
JUAN DE CUYO
EN EL AÑO JUBILAR EN ACCIÓN DE GRACIAS
POR LOS 175 AÑOS DE LA IGLESIA DE SAN JUAN DE CUYO
San Juan de Cuyo, 19 de Septiembre de
2009
El que permanece en mí, y Yo en él, da mucho fruto,
porque separados de mí nada pueden hacer (Jn 15, 5)
La Iglesia diocesana de San Juan de
Cuyo cumple 175 años. Queremos celebrar este aniversario con un Año Jubilar
para dar gracias a Dios por todo lo que Él ha sembrado y ha hecho
fructificar en esta porción del Pueblo de Dios, y por la misión apostólica
Él que nos encomienda en bien de todos los hijos de esta tierra.
1. UN POCO DE NUESTRA
HISTORIA
San Juan de la Frontera fue fundada en
1562. Un año antes –en 1561– había sido fundada Mendoza. Y al finalizar el
siglo XVI –en 1594– tuvo lugar la fundación de San Luis. En el año 1592
también había sido fundada La Rioja, que más tarde integrará la región
cuyana.
La pequeña población de San
Juan fue puesta bajo la protección de Dios. Los primeros colonizadores y las
primeras familias trajeron en las alforjas de su corazón el tesoro de la fe
cristiana y la confianza en María Santísima, tesoro que plantaron con más
cuidado que las vides que harían famosa a la región. Así nació la Iglesia en
San Juan, lo mismo que en Mendoza, San Luis, La Rioja y tantos otros sitios.
Los historiadores relatan que poco antes de la fundación de las dos primeras
ciudades cuyanas “los mismos indios de Cuyo fueron a Santiago de Chile, a
pedir al gobernador que les enviaran españoles y sacerdotes, porque querían
ser cristianos”1.
Y uno de los primeros documentos que se conservan de la historia de San Juan
es una carta del Cabildo de la ciudad del año 1573, dirigida al Rey de
España. Reclamaban con urgencia la presencia estable de un sacerdote de la
Iglesia, pues llevaban catorce meses sin poder asistir a la Santa Misa ni
escuchar la predicación de la Palabra de Dios2.
Ellos habían traído la fe a través de la Cordillera, pero esa fe pedía la
presencia real de Cristo en la Eucaristía y la fuerza de su Palabra, como
alimento y fecundidad de su vida cristiana.
Durante más de dos siglos, la vida de la Iglesia fue fortalecida por la
presencia de sacerdotes que provenían de Chile, principalmente de órdenes
religiosas. La primera visita de un obispo fue en 1601. Posteriormente,
otros 11 obispos cruzaron la Cordillera de los Andes para realizar las
visitas pastorales en la región cuyana, confirmando a sus hermanos en la fe
y atendiendo a la organización eclesial. Algunos se distinguieron por la
firme defensa de los habitantes originarios de la región, especialmente de
nuestros hermanos huarpes. En 1608 fue creada la Vicaría foránea de Cuyo,
ejercida por el Cura rector de la ciudad de Mendoza.
En 1776 fue creado el Virreinato del Río de la Plata, al que fueron anexadas
las ciudades cuyanas. Sin embargo, la vida y la organización de la Iglesia
siguieron vinculadas a Chile a través de un visitador eclesiástico con
residencia en Mendoza. Recién en 1809 la Iglesia de esta región fue agregada
al Obispado de Córdoba y se establecieron las Vicarías foráneas de Mendoza,
San Juan y San Luis.
Luego del Tratado de Huanacache, en 1828, se solicitó a la Santa Sede la
creación de un obispado en la región, cuya sede podría haber sido Mendoza o
San Juan. La respuesta fue la designación de Fray Justo Santamaría de Oro,
fraile dominico, como Vicario Apostólico. Recibió la ordenación episcopal en
1830.
El 19 de septiembre de 1834 el Papa Gregorio XVI erigió el Obispado de San
Juan de Cuyo, es decir, la Iglesia diocesana para toda la región, al que se
añadió el territorio de Neuquen. Fue la cuarta diócesis de Argentina y la
primera en ser creada luego de la independencia nacional. Este es el motivo
para celebrar nuestro Jubileo desde el 19 de septiembre de este año hasta la
misma fecha de 2010. De este modo, empalma con el comienzo de los grandes
bicentenarios de la historia argentina y sanjuanina.
Un siglo más tarde, en 1934, año del Congreso Eucarístico Internacional de
Buenos Aires, fueron creadas las Diócesis de Mendoza y de San Luis, quedando
San Juan como Iglesia metropolitana de la región. En 1961 la Iglesia de
Mendoza también fue constituida como arquidiócesis, con las Diócesis de San
Rafael y Neuquen como sufragáneas. A su vez, la Diócesis de La Rioja fue
designada sufragánea de la Arquidiócesis de San Juan junto con la de San
Luis.
En este año 2009 la Iglesia en Mendoza y en San Luis también celebran sus
Jubileos, y nos unimos afectuosamente a su acción de gracias. Junto con
ellas y con las Diócesis de San Rafael y La Rioja formamos la Región
Pastoral de Cuyo.
En estos 175 años me antecedieron 9 obispos (o arzobispos) diocesanos. Todos
ellos gastaron su vida por la Iglesia. Hacemos una breve mención de ellos,
espigando un afectuoso recuerdo.
El primer obispo de la diócesis de San Juan fue Fray Justo Santa María de
Oro (1834-1836), conocido y valorado prócer de la independencia. Unos
años antes había sido nombrado como Vicario Apostólico.
Le sucedió Mons. José Manuel Eufrasio de Quiroga Sarmiento
(1840-1852), tío de nuestro querido prócer sanjuanino Domingo Faustino
Sarmiento.
Luego de 9 años de sede vacante a cargo del provisor Timoteo Maradona, fue
designado Mons. Fray Nicolás Aldazor (1861-1866), franciscano, de
origen riojano, impulsor del auxilio de San Juan al terremoto de Mendoza del
año 1861, donde posteriormente fijó su residencia.
Mons. Fray José Wenceslao Achával (1868-1898), otro franciscano,
comenzó el Seminario diocesano de Cuyo en 1874, que fue destruido 70 años
después por el terremoto de San Juan.
La imagen emblemática del Cristo Redentor en la cordillera mendocina,
testimonio de paz y fraternidad entre los pueblos de Chile y Argentina, tuvo
como promotor a Mons. Fray Marcolino del Carmelo Benavente
(1900-1910), otro obispo dominico.
No podemos olvidar al Siervo de Dios Mons. José Américo Orzali
(1912-1939), el “Buen Pastor de Cuyo”, incansable misionero y primer
arzobispo al constituirse San Juan en Iglesia metropolitana.
Le sucedió Mons. Dr. Audino Rodríguez y Olmos (1939-1965), eximio teólogo, a
quien le correspondió la tarea de consolar y animar a San Juan luego del
terremoto de 1944.
Mons. Dr. Ildefonso María Sansierra (1966-1980), franciscano
capuchino, participó en el Concilio Vaticano II y fue audaz piloto de
tormentas en los años posteriores, continuó las obras de reconstrucción y
culminó la nueva catedral. Fue también buen conocedor de la cultura huarpe.
Finalmente, el recuerdo entrañable se dirige al querido obispo Mons.
Ítalo Severino Di Stefano, otro de los artífices de la reconstrucción
material y espiritual de la Iglesia en San Juan, que nos dejó como precioso
legado el nuevo Seminario.
2. EL SENTIDO DE ESTA HISTORIA
Si cumplen mis mandamientos, permanezcan en mi amor,
como Yo cumplí los mandamientos de mi Padre
y permanezco en su amor (Jn 15, 10)
La vida de la Iglesia ha tenido momentos apacibles y momentos difíciles,
momentos de entusiasmo apostólico y momentos de lentitudes. Pero la historia
de la Iglesia no es solamente una cronología de sucesos ni un listado de
Papas, obispos y ministros del Señor. Eso es sólo una parte de una vida
mucho más amplia y más fecunda. La historia completa es la historia de fe y
de santidad de todo el Pueblo de Dios, con sus avatares, sus gozos y sus
sufrimientos. Nuestra historia se nutre en la fidelidad a Dios y en la fe
generosa de tantos fieles laicos, hombres y mujeres comprometidos
ardorosamente con la misión de la Iglesia; de las familias que transmiten
con amor el don de la vida, del amor y de la fe; de la abnegación misionera
de tantos presbíteros y diáconos; del inmenso servicio pastoral de las
religiosas y religiosos; de la multitud de catequistas desparramados en toda
la geografía; de los frutos de tantas instituciones y movimientos
apostólicos; del servicio de la caridad y de las iniciativas educativas a
todos los niveles, entre las que destaca la Universidad Católica para la
región cuyana.
Así descubrimos la acción de Dios en su pueblo, una historia de constante
conversión a Dios, de apertura a la gracia, de misericordia y de caridad. Y
aunque nos reconocemos pecadores necesitados de perdón, sabemos que estamos
llamados –todos– a la plenitud de la vida cristiana y a permanecer en el
amor que Dios nos tiene, que es la santidad. Esta es la riqueza espiritual
de nuestra Iglesia de ayer y de hoy, de una Iglesia que se dispone a
enfrentar, en este tiempo de Dios, los gozosos desafíos de una renovada
evangelización.
Como cristianos y miembros vivos de la Iglesia –la gran familia de Jesús–
sabemos que lo realmente importante es que nuestros pasos en la tierra
culminen un día junto al Dios de la misericordia y del amor, que nos espera
–como Padre bueno– con los brazos abiertos. Si no llegáramos a esa gozosa
meta, si no nos ayudáramos entre nosotros y si no ayudáramos a tantos
hermanos al encuentro vivo con Jesucristo, nuestra vida tendría muy poco
sentido y escaso valor.
La vida del cristiano está impregnada de amor al mundo y al tiempo que nos
toca vivir. El mundo es bueno porque salió de las manos de Dios, aunque lo
hemos afeado y ensuciado con nuestros pecados y miserias, provocando tanto
sufrimiento. De ese amor al mundo y del ejemplo de Jesucristo surge la luz
que enriquece nuestro compromiso de fe con la vida y con el servicio a los
hermanos, con el trabajo y el esfuerzo, con la verdad y la justicia, la
honradez y la honestidad, con la caridad y la solidaridad hacia los más
débiles y sufrientes. Este compromiso cristiano impulsa especialmente a
asumir las responsabilidades ciudadanas como un fuerte aporte a la
construcción del bien común de toda la sociedad.
3. EL COMPROMISO DE NUESTRO JUBILEO
La gloria de mi Padre consiste
en que ustedes
den fruto abundante y sean mis discípulos
(Jn 15, 8)
El deseo de adentrarnos en esta historia de gracia de Dios y de fe en
Jesucristo, nos ha inspirado en primer lugar a valorar mejor nuestra propia
historia. Y también a recopilar datos, documentos, testimonios y hasta
sencillas anécdotas apostólicas de nuestras comunidades cristianas e
instituciones, aunque las inundaciones, incendios y terremotos, y una cierta
falta de mentalidad histórica han atentado contra esa memoria que queremos
revalorizar.
En segundo lugar, queremos convertir este recuerdo en memoria
agradecida a Dios por lo que Él ha sembrado entre nosotros,
especialmente desde la constitución de la Iglesia diocesana. El Concilio
Vaticano II3
nos enseña que la diócesis es una porción del Pueblo de Dios que se confía a
un Obispo –sucesor de los apóstoles– para que la apaciente con la
cooperación del presbiterio, de tal forma que unida a su pastor y reunida
por él en el Espíritu Santo, por el Evangelio y la
Eucaristía, constituye una Iglesia particular en la que está y obra
verdaderamente la Iglesia de Cristo, que es Una, Santa, Católica y
Apostólica. La misión del obispo y de los demás ministros del Señor que
hemos recibido la ordenación sacramental es el servicio al Pueblo de Dios y
a todas las almas. En torno al obispo, y reunidos todos en el Espíritu de
Dios por el Evangelio de Cristo y la Eucaristía, se construye la Iglesia
particular, la Iglesia diocesana.
En tercer lugar –y esto es sumamente importante– la celebración del
Jubileo tiene un sentido y una proyección que va mucho más allá del
acontecimiento cronológico. En San Juan queremos sumarnos decididamente al
desafío de la Iglesia en nuestro Continente4
de renovar el compromiso apostólicamente misionero de anunciar
y compartir con todos los hermanos el tesoro de la fe y del amor a
Jesucristo. Cada época de la historia y cada generación necesitan ser
evangelizadas. Además, también existen ámbitos o “periferias”5
de la vida de los hombres que todavía no han recibido –o quizá no hemos
sabido transmitir con más fe– la Buena Noticia del amor y de la salvación de
Dios.
Queremos compartir el anuncio gozoso de que Dios se hizo hombre en
Jesucristo, vivió nuestra vida y caminó nuestra tierra, sufrió la Pasión y
la Cruz por la salvación de todos, y resucitó glorioso como el gran signo de
esperanza y del amor de Dios a cada hombre y a cada mujer. Jesús nos invita
y alienta a todos los cristianos a ser sus discípulos, comprometidos
con nuestros dones y talentos en la gran misión evangelizadora de la
Iglesia.
Son nuevos y variados los ámbitos y periferias de la vida humana que no
conocen a Jesucristo, lo conocen mal, o se han olvidado de Él. Es
responsabilidad nuestra acercarles el anuncio salvador del Evangelio y
compartir con ellos el tesoro de la fe. Es posible que esas situaciones
también las encontremos en nuestras propias familias o en nuestros ámbitos
de trabajo y vecindad. También las descubrimos en los nuevos y en los viejos
barrios, cercanos o alejados de nuestras comunidades parroquiales, y en
tantos variados parajes urbanos y rurales donde hay hijos de Dios que
esperan a Jesús. Allí Dios quiere hacerse presente a través de nuestra fe y
de un compromiso decididamente misionero, desde la conversión personal del
amigo hasta el surgir de nuevos centros de irradiación del Evangelio, casi
siempre a partir de una piedad popular arraigada en el corazón de nuestro
pueblo. Y si agudizamos la mirada con los ojos de Cristo descubrimos
situaciones de carencia de salud, de pobreza, de exclusión social y de
adicciones, de soledad y de violencia, que piden un compromiso de mayor
solidaridad y caridad. Y también debemos valorar los variados campos del
trabajo humano y los ámbitos de la ciencia, del arte, de la cultura y de la
vida política, de las comunicaciones sociales y de tantas otras actividades
que piden ser humanizadas y orientadas hacia un compromiso con el bien
común, la justicia y la verdad.
El compromiso apostólico produce frutos perdurables –frutos de Dios– cuando
el discípulo vive en un clima habitual de oración a Dios, enriquecido en la
Sagrada Escritura –Palabra de Dios a los hombres– y en la Sagrada
Eucaristía, que hacen crecer la vida cristiana en la constante
profundización y vivencia de la fe. De allí nace el entusiasmo en la tarea
que Jesús pone sobre nuestros hombros: anunciar el Evangelio hasta los
confines de la tierra, que para nosotros son los confines de la tierra
sanjuanina, sin olvidar el mundo entero.
Jesús dijo claramente: el que permanece en mí y Yo en él, da mucho fruto,
porque separados de mí, nada pueden hacer (Jn 15, 5). El
auténtico sentido misionero de la vida también nos rescata de un posible
riesgo muy actual, que podríamos llamar “conciencia aislada”6
, individualista y estéril, remisa desde su comodidad en abrirse plenamente
al amor de Dios y al servicio a los demás, conformándose con el mínimo
cumplimiento del “ya hago lo suficiente”. Por el contrario, el
corazón apostólico se entusiasma en comunicar a otros la vida verdadera, la
felicidad grande y la esperanza que experimentamos y gozamos en Jesucristo y
en su Iglesia7
. Este es nuestro compromiso jubilar, un compromiso misionero para acercar a
Jesús allí donde todavía no lo hemos podido llevar.
Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes y ese gozo sea
perfecto (Jn 15, 11), nos enseñó Jesús. Queremos vivir y gozar de este
Año Jubilar con sencillez y alegría, impregnando nuestra vida con la calidez
y el entusiasmo de la fe vivida cada día. Deseamos que este espíritu
enriquezca las actividades y los diversos acontecimientos de nuestras
comunidades cristianas, de las instituciones católicas y de los ámbitos
pastorales diocesanos, con el gozo y el testimonio que nace de la fe en
Jesucristo.
Queremos pedir la bendición del Señor y elevarle nuestra acción de gracias y
nuestro renovado compromiso evangelizador. Queremos hacerlo a través de la
Madre de Jesús, siempre cercana a sus hijos. Desde los inicios de la
evangelización de Cuyo, Santa María –en sus diversas advocaciones– fue
acompañando la vida y las vicisitudes de su pueblo. Luego del terremoto de
1944 surgió en San Juan la advocación de María bajo el nombre de Nuestra
Señora del Tulúm. A ella nos encomendamos de todo corazón, para que nos
proteja en todos los terremotos de la vida, nos llene de alegría. Que Dios
misericordioso multiplique los frutos de la misión evangelizadora y pastoral
que nos encomienda en este tiempo de gracia, caminando con Jesús y María la
historia de nuestro pueblo de San Juan de Cuyo.
+Alfonso Delgado,
Arzobispo de San Juan de Cuyo
_____________________________
1. Cf. J. A. VERDAGUER, Historia Eclesiástica de Cuyo, Milán MCMXXXI, Tomo
I, Cap. I, pág. 15 y 16.
2. Boletín Oficial de la Diócesis de San Juan de Cuyo, Año VI, 1 de
Noviembre de 1922, N° 55, pág. 451 y 452.
3. Cf. CONCILIO VATICANO II, Decreto Christus Dominus sobre el oficio
pastoral de los Obispos en la Iglesia, n. 11.
4. V CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE,
celebrada en Aparecida, Brasil, en el año 2007 e inaugurada por el Papa
Benedicto XVI. Cf. Discurso inaugural del Santo Padre y Documento de
APARECIDA, especialmente los nn. 547 a 554.
5. Cf. Documento de APARECIDA, especialmente los nn. 417, 517, 518 y 550.
6. Cf. Documento de APARECIDA, nn. 363 y 549.
7. Cf. Documento de APARECIDA, n. 549.
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