Arzobispado de San Juan de Cuyo

El nacimiento de Jesús y las riquezas de la fe
Navidad 2011 – Arzobispo de San Juan

  •  En la Navidad revivimos el nacimiento de Jesús, Dios hecho hombre por nuestra salvación, por nuestra felicidad. Creo que cada Navidad nos predispone a una buena apertura del corazón al Dios que tanto amó al mundo y nos entregó a su Hijo Jesucristo.

  • “Muchas veces y de muchas maneras Dios habló a los hombres por medio de los Profetas”. Pero a partir de aquella gruta de Belén en la ciudad de David, Dios nos habló por medio de su Hijo. Este niño, nacido de una mujer que lo llevó nueve meses en su seno, tan pequeño y necesitado de todo, es el Dios verdadero, el “rostro humano” y cercano de Dios. Es verdadero hombre, semejante en todo a nosotros hasta en los detalles más pequeños, con la única excepción del pecado.

  • Jesús es el Mesías, el Salvador prometido desde antiguo al pueblo judío. No llegó a la tierra con pompas y solemnidades, sino en la sencillez de una familia humilde, trabajadora y llena de amor. Creció luego en el pequeño pueblo de Nazaret, donde fue el buen vecino, el bueno amigo, el buen trabajador y el buen ciudadano de su patria Israel.

  • Desde la cuna del pesebre Jesús nos está anunciando a la humanidad entera la gran “buena noticia” de la salvación de Dios. Esto es lo que significa la palabra “Evangelio”. A partir de allí, Jesús nos ayuda a abrir los ojos al evangelio del amor, del amor a la vida, a toda vida humana, del amor a la familia, al trabajo y a la amistad; del amor al servicio generoso, a la buena vecindad y a la buena ciudadanía de la tierra, absolutamente necesaria para gozar de carta de ciudadanía en el Cielo.

La fe, un faro de luz

  • La vida de Jesús, tan cercana a nosotros a través del Evangelio, es como un faro de luz fuerte y poderosa –la luz de la fe–, que llena de sentido pleno y de color la vida de cada hombre o mujer que abre su corazón a la inmensidad del amor que Dios nos tiene: luz que ilumina nuestra vida real, tal como es, con todos su condimentos y situaciones, con sus anhelos y proyectos, con sus alegrías, penas, sacrificios e ilusiones.

  • La fe es también faro de luz que da de sentido y valor de eternidad a todas nuestras responsabilidades, que para la mayoría de ustedes se centra principalmente en trabajar, y trabajar mucho, por el bien presente y futuro de toda la gran familia sanjuanina. Ese “bien de todos” tiene muchas facetas, pues partiendo de las situaciones más materiales y organizativas de la sociedad se proyecta hacia las demás necesidades del ser humano: educación, salud, seguridad, trabajo digno, producción de bienes, recreación. Entre esas dimensiones también ocupa un relieve particular la dimensión espiritual y religiosa del hombre.

  • “Hoy, en la ciudad de David, nos ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor”. Así canta el Evangelio. Unos años después, este niño expresará de mil maneras la salvación y el amor de Dios, amor que se hace fuerte al compartirlo y volcarlo en nuestros hermanos. Ese amor le llevará a cargar sobre sus hombres el precio de todas nuestras maldades y pecados, y su cruz salvadora será una fuente de misericordia, de perdón y de paz para todo aquel que le abre su corazón sincero. Y su resurrección gloriosa abre las puertas de la felicidad eterna a quienes han tenido la osadía de vivir de cara a Dios, a la verdad, a la justicia, a la honestidad, a los amores fieles y al servicio generoso.

El Año de la fe

  • El año próximo, cuando festejemos nuevamente la Navidad, los cristianos nos encontraremos viviendo el Año de la Fe, al que ha convocado el Papa Benedicto XVI. Es precisamente lo que el mundo necesita: encender la luz de la fe en Dios frente a las oscuridades del egoísmos que tantas crisis crean entre los hombres y que les lleva a desconocerse como hermanos y, a veces, hasta como verdaderos seres humanos.

  • Quisiera en esta Navidad invitar a todos ustedes, y a mí también, a valorar el don de la fe de hijos de Dios, y levantar el corazón a Dios, lleno de confianza, pidiendo a Jesús lo mismo que le pedían los Apóstoles: ¡Auméntanos la fe!, le decían, con toda confianza. Y entre la luz de Dios y la fidelidad de los hombres comenzó a desparramarse por el mundo la pequeña semilla que comenzó en Belén.

  • La luz de la fe nos hace comprender la verdadera dimensión y el verdadero valor de todas las cosas, más allá de lo que nos muestran los sentidos y el limitado razonar humano. Por eso, el hombre de fe resulta ser el más realista de todos, porque no sólo percibe la realidad circundante sino la plena y completa realidad de la existencia humana, el conocer de dónde venimos y a dónde vamos, cuál es el camino de la felicidad en esta vida y en la vida para siempre.

Las riquezas de la fe cristiana

  • La fe nos enseña a tratar a Jesús de tú a tú. Ahí está la fuerza de la oración. La fe hace comprender la inmensa dignidad de cada ser humano, sea quien sea; nos ilumina el sendero recto y nos refleja con claridad las vallas y los límites que nos separan del camino recto. La fe nos hace ver la libertad que trae la grandeza del perdón, cuya ausencia tanto esclaviza el corazón humano. La fe también abre otros horizontes de libertad: la verdad que nos hace libres, como enseña Jesús. La fe da sentido de eternidad a las cosas y situaciones aparentemente intrascendentes, pero que el amor sincero les da valor de eternidad. La fe nos enseña que ese niño de Belén, que nos hubiera gustado tomarlo en nuestros brazos, es el Jesús a quien recibimos en la Eucaristía bajo la humilde apariencia del pan consagrado.

  • La fe y el amor dan pleno sentido a la vida. Hoy estuve en el Hogar de Ancianos celebrando la llegada de la Navidad con nuestros hermanos mayores. Vi muchas caras alegres y felices. ¡Cómo ha cambiado en estos años! Felicitaciones. Pero me asaltaba una inquietud: los que vengan después, sean quienes sean, ¿sabrán mantener ese cuidado de la casa, de la institución y de nuestros ancianos, con ese deseo de superación que nace de la fe y del amor? Lo mismo se podría decir de tantos otros ámbitos de responsabilidades. ¿Cómo convertir ese esfuerzo y ese amor en cultura bien asentada en toda la sociedad sanjuanina?

  • Me venía a la memoria una frase de Sarmiento, que ha sonado bastante en estas semanas: “Trabajar, trabajar, trabajar”. Pues bien, la fe en Dios saca a relucir una riqueza cristiana implícita en esas palabras del maestro de América: Trabajar más, trabajar mejor, trabajar con mucho amor, con rectitud, y con la alegría de servir. Esa es una consecuencia directa y una invitación de la luz de Belén, de la fe en Jesucristo, el Hijo de Dios vivo, que culminó su vida con el gran trabajo de la Cruz salvadora.

  • Feliz Navidad para todos, con los ojos puestos en el pesebre con María, José y el Niño, con los ojos puestos en el verdadero bien de todos nuestros hermanos. Que así sea.    

San Juan, Navidad de 2011.

                                                                                                     + Alfonso Delgado
                                                                                                      Arzobispo de San Juan de Cuyo

                                                                           

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