Día de las mamás

Día de las mamás

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

 

En este día estamos celebrando a las mamás, y es mucho lo que tenemos para agradecerles. Ante todo, el don de la vida, regalo de Dios en el vientre materno, que va creciendo hasta dar a luz.

Y desde ese momento de la concepción hay dos cualidades, o mejor, dos dimensiones del amor que quisiera destacar: la ternura y el cuidado.

La ternura con que acaricia la panza y a través de esos pocos y delgados centímetros o milímetros a su bebé. Una vez producido el parto (¡qué hermoso que se lo denomine con “dar a luz”!) esa caricia es también piel a piel en la mejilla, en el amamantar, en las miradas, sonrisas, canciones… Ayudar a dar los primeros pasos, a hablar… estímulos necesarios para crecer. La ternura hace referencia a la intimidad.

Y hace falta también el cuidado de la vida frágil y pequeña. Por un lado la salud (vacunas, controles), la educación… Pero además, reconociendo que estamos en una sociedad agresiva, es necesario también resguardar a los niños de las amenazas de la violencia, el individualismo, el aislamiento, el consumismo, que lamentablemente se “respira” en el ambiente.

Estas experiencias están muy arraigadas en el corazón humano y han inspirado escenas en obras de arte, en poemas, canciones. También la Biblia toma algunas de estas vivencias cotidianas y ancestrales para revelarnos algunas características del Amor de Dios. Se alude al “niño en brazos de su madre”, a “levantarlo hasta las mejillas”, “darle de comer”, “tomarlo de la mano”, “el niño que salta de gozo en el seno de su madre”… Dios se revela de un modo sencillo, apelando a nuestras experiencias o anhelos. 

 Hay un conocimiento muy profundo de la mamá a su niño, reflejado en la expresión: “¡como si te hubiera parido!”. Siempre me llamó la atención que cuando el bebé llora la mamá sabe si es porque tiene hambre, o sed, o le duele la panza, o el oído…

A la luz de estas reflexiones podemos decir, sin temor a equivocarnos, que la Iglesia también es madre, y en cada comunidad estamos llamados a reproducir gestos de ternura y cuidado. Algunas críticas que se nos hacen vinculadas a dejar de lado la materialidad para dar cabida a la democracia, la frialdad, la distancia. Para eso tenemos como modelo a la Virgen María, Madre de Jesús y de la Iglesia.           

Pero no todo es luminoso para este día de las mamás. Más de la mitad de los niños nacen en hogares que están bajo la línea de pobreza, provocando grandes sufrimientos a sus mamás, y la experiencia del abandono y la exclusión. El dolor atraviesa el corazón cuando no se puede alimentar a los hijos en casa y hay que mandarlos al comedor, cuando los acuesta habiendo cenado una taza de mate cocido y un pedazo de pan, cuando ir al médico implica esperas prolongadas, viajes caros e incómodos, y luego no conseguir la medicación adecuada.

Hace poco me contaban unos amigos del caso de una mamá muy, muy humilde, embarazada de gemelos que, hasta el séptimo mes de gestación, se iba en bicicleta desde su casa –ubicada en un pequeño barrio de la provincia de Buenos Aires– hasta el hospital más cercano para hacerse los controles. ¿Saben cuántos kilómetros pedaleaba en cada ocasión? Casi 12. Más de una vez, algún vecino o vecina se compadeció de su esfuerzo y le ofreció llevarla en auto para hacerle un poquito más fácil su día.

Las mamás en la pobreza cobijan junto a sus hijos, sufrimientos amargos en el corazón. Tal vez también el abandono, cuando no el maltrato, del papá de la criatura y muchas veces de la misma sociedad que la rodea.

Gracias a Dios y a la generosidad solidaria de nuestro pueblo surgen respuestas que, aunque pequeñas ante lo grande del desafío, son testimonio de no quedar de brazos cruzados ante el espanto. Los Hogares del Abrazo Maternal que comenzaron a abrirse en las villas de emergencia de la capital y el Gran Buenos Aires son un ejemplo de esta generosidad: las mismas mujeres-madres-abuelas-hijas de los barrios reciben con cariño a las mamás jovencitas en situación de dificultad y angustia ante su embarazo inesperado y las acompañan en el camino de abrazar la vida pequeña venga como venga, ayudando para que sigan sus estudios, o puedan asumir algún trabajo acorde a su situación, con techo, comida y controles médicos asegurados. También instituciones como Grávida hacen su labor tan silenciosa como luminosa en todo el país cuando van una a una hasta cada mamá que van conociendo y que no sabe qué hacer con su confusión cuando la sorprende en desamparo la llegada de un bebé.

Además, en algunos lugares se implementan políticas públicas que también buscan ayudar a las mamás desfavorecidas o excluidas.

Suele suceder también que el día de la madre se amplía como celebración del “día de la familia”, una muy buena iniciativa que cubre la necesidad que tenemos de cuidar y alentar a las familias.

Quiero aprovechar este espacio para agradecer a todos la colaboración para la realización de la Asamblea Federal de la Acción Católica Argentina en San Juan. Fue una hermosa fiesta eclesial. No nos olvidemos de seguir rezando por el Sínodo de los Jóvenes en Roma y la próxima etapa de trabajo.